INTELIGENCIA (ARTIFICIAL) EMOCIONAL
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La creación de Adán, Michelangelo Di Lodovico Buonarroti Simoni, 1511. Fresco, 280 x 570 cm. Capilla Sixtina, Ciudad del Vaticano. |
Las emociones y los sentimientos son cuestiones distintas, a menudo confundidas por los sujetos expuestos a estas. Las emociones son una respuesta biológica y fisiológica, son un parámetro para considerar y tener en cuenta lo relevante o significativo en la vida de las personas. Son efímeras, contrarias a los sentimientos (Efren Martínez, 2019). Estas se catalogan en: «alegría, tristeza, miedo, ira, asco o desagrado, sorpresa y desprecio» (Rodríguez Mayorga, N. E., 2026).
Los sentimientos son la lectura cognitiva, es decir, lo que el pensamiento hace de la emoción; es subjetivo y variado de respuestas. Todos los seres humanos respondemos de manera distinta y, además, influye en la nominación de la interpretación el «bagaje cultural», el léxico y algunos otros factores de la persona que lo experimenta (Efren Martínez, 2019).
La Inteligencia Emocional es una capacidad y habilidad que el ser humano puede desarrollar para la correcta gestión de sus emociones. Una persona con inteligencia emocional es ágil y sabe manejar y controlar sus emociones regulando el impacto tanto en ella como en quienes se encuentran a su alrededor, obteniendo así una mejor calidad de vida y sanos vínculos interpersonales.
Podemos entender lo primitivo de la praxis de la Inteligencia Emocional cuando nos remitimos a Platón y consideramos su mito o analogía del carro alado: ¿somos dominados por el impulso, por las pasiones, por nuestras emociones, o somos nosotros quienes dominamos y controlamos a estas?, ¿quién lleva las riendas? Alguien con Inteligencia Emocional posee mansedumbre, sabe gestionar sus emociones y no es dominado por ellas.
Un desafío para la Inteligencia Emocional es y ha sido tratarse como un tabú, lo cual ha traído repercusiones en distintos ámbitos de las personas; reconocer las emociones y demostrarlas es mal visto (Efren Martínez, 2019). No dudemos, incluso, se consideren inmaduras a las personas cuando realmente, una buena gestión emocional, habla de lo contrario.
La Inteligencia Emocional es como un sano equilibrio: no hay un desborde emocional pero tampoco represión; se reconocen, se viven, se experimentan y se encauzan correctamente buscando no ser afectados por este movimiento biológico ni afectar a los demás. Esto requiere de habilidades y herramientas como la autoconciencia, la autorregulación y la responsabilidad afectiva, porque de alguna forma somos mutuamente responsables de las emociones nuestras y de los demás: logramos impactar de forma positiva o negativa sobre los demás, generando emociones y, por consecuencia, sentimientos (Rodríguez Mayorga, N. E., 2026).
Las emociones son simple y sencillamente señales de vida; sólo experimentamos las emociones mientras tenemos vida. Son como una señalización, una reacción biológica que tenemos los seres humanos ante las situaciones y circunstancias de cada día (Efren Martínez, 2019). Las emociones son meramente naturales y por ello deben vivirse y encauzarse. La Inteligencia Emocional nos ayuda a tener un manejo de este aspecto innato de nuestra vida.
En el entorno comunitario como en la familia, la Inteligencia Emocional es fundamental, comenzando por el ejemplo de los padres; son ellos quienes deben dar ejemplo a sus hijos de la gestión inteligente de las emociones, reconociendo las propias sin evadirlas y, por qué no, siendo vulnerables (Efren Martínez, 2019). La vulnerabilidad en la familia es importante, somos seres humanos. Los padres, pues, deben primero procurar ser maduros en este aspecto y en todos los aspectos integrales del ser humano antes de formar un vínculo familiar, asegurando con ello el pleno y óptimo desarrollo de sus hijos, por supuesto el emocional, que es el al que ahora nos referimos.
No podemos prohibir algo tan natural como sentir, porque al final estas buscarán encauzarse de alguna u otra manera; y si no se hace de forma consciente, puede causar mucho daño a la persona y a quienes están al lado, desencadenando en autolesiones o vicios, por mencionar algunos. La emoción es movimiento (e-moción, moción); quien no tiene emociones es porque está muerto (Efren Martínez, 2019).
También es importante en el entorno familiar ayudar y enseñar a encauzar las emociones, sobre todo a los más pequeños y vulnerables; este correcto acompañamiento se perpetúa durante su vida si se lleva a cabo de la mejor manera. Es importante no diagnosticar sin fundamentos emociones pasajeras; debemos dejar esto para los profesionales y especialistas y responder oportunamente ante los síntomas (Efren Martínez, 2019). Aquí es importante el discernimiento. Las emociones son efímeras, los sentimientos rumiantes y subjetivos; una psicopatología evidentemente será mayormente estable, es decir, si ha durado mucho tiempo es importante acudir a un especialista para que lo valore.
La Inteligencia Emocional en el ámbito familiar es, por tanto, fundamental, no es opcional; trátese como tal. Hay muchas herramientas que brinda la psicología para los padres de familia. Ahora más que nunca la empatía —«que no es lo que yo deseo o considero oportuno sino aquello que la persona verdaderamente necesita»— hay que vivirla bajo el techo doméstico, aprender a escuchar, escuchar activa o pasivamente; implicando hacer silencio para escuchar y entender las necesidades del otro y, por supuesto, saber estar: a veces no se requiere más, sino solo estar, acompañar (Rodríguez Mayorga, N. E., 2026).
La familia es la célula de la sociedad. Debemos darnos cuenta de que si en ella se vive todo lo contrario a una familia —se invalida, se reprime, se juzga, se evade— en la sociedad va a repercutir. Hemos perdido habilidades, y unas de ellas son emocionales: escucha, empatía, entre otras; por ello la sociedad, el tejido social es vulnerable, porque nuestras familias han dejado de ser familia, hogar; han dejado de amar, escuchar y acompañar. Es aquí donde «debemos soportarnos, en el sentido más puro de la palabra, unos a otros; ser soporte del otro» cuando el otro no puede sostenerse solo, y viceversa.
Los padres son verdaderos formadores y responsables de sus hijos, comenzando por saber escuchar y gestionar emociones, enseñando con el ejemplo que el verdadero poder es servir; un servidor que, a ejemplo del mayor servidor de todos, Nuestro Señor Jesucristo, lo deja todo por ir al encuentro del otro, comenzando o priorizando a los más vulnerables (Efren Martínez, 2019).
La invitación es clara: no tengamos miedo a sentir, experimentar y ser vulnerables; al contrario, aprendamos, como muchas cuestiones en la vida, a gestionar inteligentemente nuestras emociones, porque somos muy capaces y podemos hacerlo. Pero a veces, centrados en tantas banalidades o cegados por el miedo, no nos atrevemos a dar un paso; un paso que ciertamente nos moverá, nos hará ir a la antesala de la felicidad: la incomodidad que nos llevará a hacer cambios positivos para nuestra vida y el bien común (Rodríguez Mayorga, N. E., 2026).
«Sanar es un verdadero acto de amor» y quizás, al sanar nuestras heridas, podremos después ayudar a otros a sanar también, pues hay «gente que no se mete en la vida de los demás para mal, pero tampoco para bien». Rompamos con la cómoda indiferencia a la que estamos acostumbrados y salgamos a «tocar heridas para saber dónde duele». Muchos viven heridos, se desangran y desangran a otros sin darse cuenta. ¡Abramos los ojos! Atrevámonos a equivocarnos y a lograrlo. No tengamos miedo a ser inteligentes y saber vivir. No renuncies a tus emociones, no renuncies a vivir, a poder ser tú mismo. «La inteligencia emocional es un arte que podemos plasmar desde diferentes puntos de vista» (Rodríguez Mayorga, N. E., 2026).
Somos el contraste de las máquinas: sentimos, y la Inteligencia Emocional busca hacernos conscientes de aquello de lo inconsciente. Hablamos de una de las maravillas del ser humano y que nada ni nadie más tiene: la autoconciencia. El ser humano es el único autoconsciente, valga la redundancia, de sí mismo. Somos hombres, culmen de la creación de Dios, irremplazables, únicos e irrepetibles; y si queremos reflexionar en temas actuales, nuestras emociones son claramente una de las diferencias entre muchas de todas las demás cosas; podrán haber miles de «inteligencias» (artificiales), pero nunca podrán ser inteligencias emocionales. ¿En qué momento, simplemente ser, ser seres humanos y sentir se convirtió en un tabú, en algo malo?
Tratar ámbitos como estos nos interpela; no debemos dejarnos deshumanizar, aunque muchas élites luchen por lograrlo. La Santa Madre Iglesia nos exhorta a vivir como verdaderos cristianos, dejando la indiferencia a un lado para sufrir con el que sufre, llorar con el que llora, reír con el que ríe, morir con el que muere y, muchas veces, vivir con quien ya no quiere vivir (Rm 12, 15-16).
Hoy vivimos quizás las consecuencias de la negligencia e indiferencia hacia las emociones; no dudo en que los trastornos psicopatológicos sean consecuencia de la represión de las emociones y sentimientos, sencillamente de la deshumanización: «Quien no vive como piensa, termina pensando como vive». Y estar tan centrados en lo que es desalmado, en aquello que no siente, nos ha empezado a deshumanizar; muchos quieren incluso vivir así en la cultura del descarte, deshumanizando seres humanos para utilizarlos y después desecharlos.
Démonos cuenta de cuánto impacto positivo o negativo tiene tratar o no la Inteligencia Emocional, impactos éticos, morales y hacia el bien común. La realidad no deja de confrontarnos y Dios de gritarnos: «¿dónde está tu hermano?» (Génesis 4, 9).
«Descalcémonos ante la tierra sagrada del otro». Papa Francisco. «Toda vida es sagrada [...] la familia es un don de Dios»; es en ella donde se debe vivir el amor, es nuestra primera escuela: escuela del amor. La experiencia de este primer encuentro de amor filial será crucial e impactará el desenlace de la existencia, marcando en muchos aspectos la vida de la persona.
Jesús es el precursor de la Inteligencia Emocional. En la Sagrada Escritura se habla también de Inteligencia Emocional cuando Jesús nos menciona las Bienaventuranzas (cf. Mt 5, 3-12). Permitámonos estar unidos, que la historia del otro sea también mi historia. Ahora más que nunca debemos tender puentes unos con otros y comenzar a derribar la frontera de la indiferencia: «En verdad os digo que cuanto lo hicisteis con uno de estos hermanos míos más pequeños, conmigo lo hicisteis» (Mt 25, 40).
Somos llamados a ser Alter Christus. También sería muy interesante analizar la Inteligencia Emocional a lo largo de la historia de la Iglesia: en la patrística, en los santos, en su historia.
«Mostramos a Dios con nuestras emociones y sentimientos». Por tanto, encarguémonos del otro y seguro que Dios ya se encarga de nosotros. La familia es fundamental en el desarrollo del ser humano: una familia nuclear sana donde se vive la Inteligencia Emocional es «el mejor antídoto para muchas enfermedades mentales» y físicas. Somos seres integrales y aquello que afecte algún ámbito de nuestra integralidad afecta al resto. Familias integralmente sanas: sociedad sana. Si muchos de los problemas sociales se trataran desde la familia, por consecuencia habría una mayor recomposición del tejido social. La familia es irremplazable e insustituible.
No podemos permitirnos lastimarnos unos a otros por el mal manejo de nuestras emociones, pues somos corresponsables unos de otros. La Inteligencia Emocional es una oportunidad para sanar, una oportunidad para salir de nosotros mismos y eximir el egoísmo. «Yo soy un don de Dios para los demás y los demás son un don de Dios para mí»; y este regalo de Dios ha de cuidarse con diligencia. El mundo busca la artificialidad del hombre, la apariencia frente a la verdad y la realidad; artificializar al ser humano. Un ejemplo son las redes sociales, donde se busca compartir exclusivamente los mejores momentos, sujetos a la utopía de celebridades, famosos e influencers. Pero la verdad es que los seres humanos no somos artificiales.
Finalmente: hoy, decimocuarto domingo del Tiempo Ordinario, Jesús nos dice: «Vengan a mí, todos los que están fatigados y agobiados por la carga y yo les daré alivio. Tomen mi yugo sobre ustedes y aprendan de mí, que soy manso y humilde de corazón, y encontrarán descanso, porque mi yugo es suave y mi carga, ligera» (Mt 11, 28-30).
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