LA APOLOGÍA DE SÓCRATES: MI REFLEXIÓN Y COMENTARIO

Jacques Louis David, La muerte de Sócrates, 1787.  Óleo sobre lienzo, 130 x 196 cm. Museo Metropolitano de Arte, Nueva York.
Jacques Louis David, La muerte de Sócrates, 1787. 
Óleo sobre lienzo, 130 x 196 cm. Museo Metropolitano de Arte, Nueva York.

La Apología de Sócrates, escrita por Aristocles («Platón») su discípulo, narra el último discurso público que Sócrates pronunció frente a los atenienses y jueces. Aquello a lo que dedicó gran parte de su vida caminando por las calles de Atenas lo hace ahora primera y última vez ante su juicio, exponiendo la falsedad y argumentando con verdad (Apología 17b–c). Pareciera que su juicio es una síntesis panorámica de lo más importante para él: dejarlo todo por dedicarse a la inalcanzable búsqueda de la verdad.

Es interesante y destacable mencionar que durante el juicio Sócrates funge como acusado y, a su vez, como abogado defensor; denuncia las acciones e intenciones de los sofistas (Apología 20a). Sócrates fue un hombre humilde y, precisamente por su humildad, un hombre realmente sabio, reconoció sus limitaciones, lo que lo hizo receptor de la sabiduría (Apología 21a). Para él fue fundamental la autoexaminación: «Conócete a ti mismo», indispensable para la apertura a la auténtica sabiduría; en vano nos empeñaríamos en adquirir conocimientos si nos desconocemos a nosotros mismos. Sócrates reconoce que su dedicación a cuestionar y refutar a quienes se consideraban sabios le generó enemistades.

La verdad es incómoda, muchas veces acompañada por la tentación de ser opacada por la falsedad. Sócrates, «un ser humano (monolítico) de una sola pieza», íntegro, prefirió ir en pos de la verdad antes que agradar a sus conciudadanos. Fue un ciudadano incómodo que denunciaba públicamente el error, la falsedad, la ilegalidad y la injusticia; por las molestias que generaba, la aparente «solución» para los perversos era eliminarlo antes que optar por un cambio positivo. Era «mejor» permanecer en su zona de confort antes que asumir un progreso incómodo, pero positivo.

Sócrates se postula en contra de todo aquello que es contrario a esta: los vicios, la superficialidad, el enfoque meramente materialista. Seguramente, para algunos de sus acusadores, «su vida era un reproche» de su mala conducta; su manera de vivir les echaba en cara sus errores. Los perversos lo acusaron de pervertir, pero a la hora de hablar no le importaba molestar, pues estaba convencido de que decía la verdad, a diferencia de los sofistas, quienes, con tal de obtener lo que querían, no se preocupaban por la falsedad de sus discursos persuasivos (Apología 31c). Sócrates es promotor de la virtud: «la virtud hace a los hombres» (Apología 38a).

Su postura ante la muerte es temeraria, pues está satisfecho con su vida: ha vivido plenamente y está preparado para morir. ¡Vaya ejemplo socrático! Está convencido de que su final será mejor de lo que piensan sus detractores. Para él, morir no es el final ni lo peor que podría sucederle (Apología 40d). A pesar de demostrar que lo que argumenta es verdadero y de exponer la falsedad de sus acusadores, intuye que probablemente será condenado a muerte. Afirma que el mal recaerá en la ciudad y en sus habitantes, pues difícilmente encontrarán a alguien que les hable con verdad.

Aristocles cede la pluma a su maestro para presentarnos sus últimos momentos y transmitirnos detalladamente su apología, es decir, su autodefensa. Considero que este momento es clave en la historia de la filosofía y en la formación de las posturas filosóficas, sobre todo en lo que respecta a la coherencia vital de los filósofos y de quienes se dedican al estudio de esta disciplina. Personalmente, este diálogo me invita a reflexionar sobre la humanidad y la virtud. De este acontecimiento han pasado aproximadamente dos mil cuatrocientos años, y, en cuanto a humanidad y virtud, hemos retrocedido más de lo que hemos podido avanzar: la injusticia sigue vigente.

Es relevante conocer los indicios filosóficos y la vida de nuestros antecesores en la filosofía, no solo por una cuestión meramente intelectual, sino también para aprender del testimonio de vida de los filósofos primitivos. Algunos de ellos hicieron vida aquello que postulaban, no quedando su pensamiento como una postura meramente teórica, sino vivencial, llevándolo hasta las últimas consecuencias, hasta convertirse en el epitafio de su vida.

«Scio me nihil scire».


BHCS. MARIO ONTIVEROS VILLEGAS
 
Ciudad de Nuestra Señora de los Zacatecas, Zacatecas, México., 03 de julio de 2026
Fiesta de Santo Tomás Apóstol

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